Introducción
Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios. Creemos que Jesús es el Hijo de Dios, nacido de una virgen; vivió una vida sin pecado, murió en la cruz para pagar por nuestros pecados y resucitó al tercer día. Creemos que la única manera en que una persona puede ser justificada para ir al cielo es poniendo su fe solamente y completamente en Jesucristo. Creemos que una vez hijo de Dios, siempre hijo de Dios, y que no hay forma de perder la salvación. Creemos que la salvación está disponible para toda persona y no para un grupo elegido.
Vivimos en un mundo que necesita desesperadamente un Salvador, y la Iglesia Victoria quiere marcar una diferencia duradera en la vida de la mayor cantidad posible de personas. Creemos que difundir el evangelio de Jesucristo y hacer discípulos cumple la Gran Comisión, y ese será nuestro enfoque principal. Nuestra misión es guiar a las personas a convertirse en seguidores totalmente devotos de Cristo. Así es como podemos marcar la diferencia, y es la fuerza que impulsa todo lo que hacemos.
Creemos en llevar adelante la Iglesia Victoria y sus ministerios como lo hizo Jesús, con un corazón por los perdidos y quebrantados. Todas nuestras creencias están basadas en la Biblia, y no adoptaremos una postura firme sobre ninguna creencia religiosa basada en la tradición o en opiniones de otros hombres. En las áreas en que las Escrituras son claras, nos aferraremos firmemente a ellas, ya que Dios y su Palabra nunca cambian. En los asuntos en que las Escrituras guardan silencio o hay alguna duda, cada creyente debe buscar ser guiado por Dios, porque es solo ante Él que es responsable en última instancia. Creemos que un cristiano es un seguidor de Cristo y debe buscar agradar a Dios por encima de todo, y que la santidad es personal, no institucional. Creemos que todo hombre existe para agradar a Dios, y que para agradarle debe amar a Dios de todo corazón y amar al prójimo como a sí mismo. Creemos que cada hijo de Dios es guiado por el Espíritu Santo y debe buscar vivir una vida que agrade a Dios, siendo luz en este mundo oscuro y atrayendo a otros a Jesucristo. Cada cristiano tiene una responsabilidad hacia su iglesia local y debe buscar, en primer lugar, servir a Dios a través de ella.
Fundamentos bautistas
La Iglesia Victoria de Posadas es una iglesia cristiana primero y bautista después. Nos identificamos con la denominación bautista porque es la que más se asemeja a la Palabra de Dios. No todas las iglesias bautistas son iguales, pero estas son algunas de nuestras creencias principales.
La Biblia
La Biblia es la autoridad final en todos los asuntos de fe y práctica. La Biblia está inspirada por Dios y tiene la autoridad absoluta de Dios mismo.
Iglesia local
La iglesia local es un organismo independiente, responsable ante el Señor Jesucristo. La iglesia es autónoma, es decir, se gobierna a sí misma. Ninguna jerarquía religiosa fuera de la iglesia local puede dictar las creencias o prácticas de una iglesia.
Sacerdocio del creyente
Todo creyente es un sacerdote de Dios y puede entrar en su presencia en oración directamente, por medio de nuestro gran Sumo Sacerdote, Jesucristo. No se necesita ningún otro mediador entre Dios y el hombre.
Dos ordenanzas
La iglesia local debe practicar la ordenanza del bautismo y la ordenanza de la Cena del Señor (también llamada comunión). Estas ordenanzas no tienen parte en la salvación y solo sirven como imágenes de lo que Cristo hizo por nosotros.
Libertad del alma individual
Cada persona tiene la libertad de elegir lo que cree que es correcto en el ámbito religioso. Sin embargo, esto no la exime de su responsabilidad ante la Palabra de Dios ni de rendir cuentas ante Dios mismo.
Membresía de la iglesia
Los únicos requisitos para ser miembro de la iglesia son ser hijo de Dios y haber sido bautizado bíblicamente.
Dos oficios
Creemos que hay dos oficios en la iglesia: pastor y diácono.
Iglesia y Estado
Dios ha establecido tanto el gobierno como la iglesia. Cumplen dos roles separados en la sociedad. La iglesia no debería controlar al gobierno y, de la misma manera, el gobierno no debería controlar a la iglesia.
Las Sagradas Escrituras
La Biblia es la Palabra de Dios en lenguaje humano, revelación divina escrita por hombres inspirados por el Espíritu Santo. Su propósito es mostrar los planes de Dios, guiar al pecador a la salvación, edificar al creyente y glorificar a Dios. Es verdad sin error, tesoro perfecto de instrucción. Revela el destino final del mundo y el juicio venidero. Es la única autoridad en asuntos de fe y conducta, y debe interpretarse a la luz de Jesucristo.
- La Biblia es la Palabra de Dios: Sal 119:89; He 1:1; Is 40:8; Mt 24:35; Lc 24:44–45; Jn 10:35; Ro 3:2; 1 P 1:25; 2 P 1:21
- Es revelación de Dios al hombre: Is 40:8; Mt 22:29; He 1:1–2; Lc 16:29; Ro 16:25–26; 1 P 1:25
- Escrita por hombres inspirados: Éx 24:4; 2 S 23:2; Hch 3:21; 2 P 1:21
- Su propósito: Lc 16:29; Ro 1:16; 2 Ti 3:16–17; 1 P 2:2; He 4:12; Ef 6:17; Ro 15:4
- Verdad sin error: Sal 19:7–9; Sal 119:105; Pr 30:5; Jn 10:35; Jn 17:17; Ro 3:4; Ro 15:4; 2 Ti 3:15–17
- Destino final y juicio: Jn 12:47–48; Ro 2:12–13
- Autoridad única en religión: 2 Cr 24:19; Sal 19:7–9; Is 34:16; Mt 5:17–18; Is 8:20; Hch 17:11; Gá 6:16; Fil 3:16; 2 Ti 1:13
- Interpretación centrada en Cristo: Lc 24:44–45; Mt 5:22, 28, 32, 34, 39; Mt 17:5; Mt 11:29–30; Jn 5:39–40; He 1:1–2; Jn 1:1–2, 14
Dios
El único Dios vivo y verdadero es Espíritu personal, eterno, infinito e inmutable; es omnipotente, omnisciente y omnipresente; es perfecto en santidad, justicia, verdad y amor.1 Es el Creador, Sustentador, Redentor, Juez y Señor de la historia y del universo, que gobierna con su poder, disponiendo de todas las cosas según su eterno propósito y gracia.2 Dios es infinito en santidad y en todas las demás perfecciones.3 Por lo tanto, a Él le debemos todo amor, adoración y obediencia.4 En su triunidad, el Dios eterno se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo, personas distintas pero sin división en su esencia.5
- Dt 6:4; Jer 10:10; Sal 139; 1 Co 8:6; 1 Ti 2:5, 6; Éx 3:14; 6:2, 3; Is 43:15; Mt 6:9; Jn 4:24; 1 Ti 1:17; Mal 3:6; Stg 1:17; 1 P 1:16, 17
- Gn 1:1; 17:1; Éx 15:11–18; Is 43:3; Hch 17:24–26; Ef 3:11; 1 P 1:17
- Éx 15:11; Is 6:2; 57:15; Job 34:10
- Mt 22:37; Jn 4:23, 24; 1 P 1:15, 16
- Mt 28:19; Mr 1:9–11; 1 Jn 5:7; Ro 15:30; 2 Co 13:13; Fil 3:3
Dios Padre
Dios, como Creador, manifiesta una disposición paternal hacia todos los hombres.1 Históricamente se reveló primero como Padre del pueblo de Israel, al que eligió según los propósitos de su gracia.2 Es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, a quien envió a este mundo para salvar a los pecadores y hacer de ellos hijos por adopción.3 Los que aceptan a Jesucristo y creen en Él son hechos hijos de Dios, nacen por su Espíritu y así llegan a tenerlo como su Padre celestial, recibiendo de Él protección y disciplina.4
- Is 64:8; Mt 6:9; 7:11; Hch 17:26–29; 1 Co 8:6; He 12:9
- Éx 4:22, 23; Dt 32:6–18; Is 1:2, 3; 63:16; Jer 31:9
- Sal 2:7; Mt 3:17; 17:5; Lc 1:35; Jn 1:12
- Mt 23:9; Jn 1:12, 13; Ro 8:14–17; Gá 3:26; 4:4–7; He 12:6–11
Dios el Hijo
Jesucristo, uno en esencia con el Padre, es el Hijo eterno de Dios.1 En Él, por Él y para Él fueron creadas todas las cosas.2 En la plenitud de los tiempos se hizo carne, en la persona real e histórica de Jesucristo, engendrado por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María, siendo en su persona verdadero Dios y verdadero hombre.3 Jesús es la imagen expresa del Padre, la suprema revelación de Dios al hombre.4 Él honró y cumplió plenamente la ley divina, y reveló y obedeció toda la voluntad de Dios.5 Se identificó perfectamente con los hombres, sufriendo el castigo y expiando la culpa de nuestros pecados, aunque Él mismo no había pecado.6 Para salvarnos del pecado murió en la cruz, fue sepultado y al tercer día resucitó de entre los muertos; y, después de aparecerse muchas veces a sus discípulos, ascendió al cielo, donde, a la diestra del Padre, ejerce su eterno sumo sacerdocio.7 Jesucristo es el único Mediador entre Dios y los hombres, y el único y suficiente Salvador y Señor.8 Por su Espíritu está presente y habita en el corazón de cada creyente y en la iglesia.9 Regresará visiblemente a este mundo con gran poder y gloria para juzgar a los hombres y consumar su obra redentora.10
- Sal 2:7; 110:1; Mt 1:18–23; 3:17; 8:29; 14:33; 16:16, 27; 17:5; Mr 1:1; Lc 4:41; 22:70; Jn 1:1, 2; 11:27; 14:7–11; 16:28
- Jn 1:3; 1 Co 8:6; Col 1:16, 17
- Is 7:14; Lc 1:35; Jn 1:14; Gá 4:4, 5
- Jn 14:7–9; Mt 11:27; Jn 10:30, 38; 12:44–50; Col 1:15, 19; 2:9; He 1:3
- Is 53; Mt 5:17; He 5:7–10
- Ro 8:1–3; Fil 2:1–11; He 4:14, 15; 1 P 2:21–25
- Hch 1:6–14; Jn 19:30, 35; Mt 28:1–6; Lc 24:46; Jn 20:1–20; Hch 2:22–24; 1 Co 15:4–8
- Jn 14:6; Hch 4:12; 1 Ti 2:4, 5; Hch 7:55, 56; He 4:14–16; 10:19–23
- Mt 28:20; Jn 14:16, 17; 15:26; 16:7; 1 Co 6:19
- Hch 1:11; 1 Co 15:24–28; 1 Ts 4:14–18; Tit 2:13
Dios el Espíritu Santo
El Espíritu Santo, uno en esencia con el Padre y el Hijo, es una persona divina.1 Él es el Espíritu de verdad.2 Actuó en la creación del mundo e inspiró a los hombres a escribir las Sagradas Escrituras.3 Él ilumina a los hombres y los capacita para comprender la verdad divina.4 En el día de Pentecostés, en cumplimiento final de la profecía y de las promesas acerca del descenso del Espíritu Santo, Él se manifestó de manera única, cuando los primeros discípulos fueron bautizados en el Espíritu y pasaron a ser parte del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Sus otras manifestaciones, registradas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, confirman la universalidad del don del Espíritu Santo a todos los que creen en Cristo.5 La recepción del Espíritu Santo ocurre siempre cuando los pecadores se convierten a Jesucristo, quien los integra, regenerados por el Espíritu, a la iglesia.6 Él da testimonio de Jesucristo y lo glorifica.7 Convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio.8 Opera la regeneración del pecador perdido.9 Sella al creyente para el día de la redención final.10 Habita en el creyente.11 Lo guía a toda verdad.12 Le permite obedecer la voluntad de Dios.13 Distribuye dones a los hijos de Dios para la edificación del Cuerpo de Cristo y para el ministerio de la Iglesia en el mundo.14 Su plenitud y su fruto en la vida del creyente son condiciones para una vida cristiana victoriosa y de buen testimonio.15
- Gn 1:2; Job 23:13; Sal 51:11; 139:7–12; Is 61:1–3; Lc 4:18, 19; Jn 4:24; 14:16, 17; 15:26; He 9:14; 1 Jn 5:6, 7; Mt 28:19
- Jn 16:13; 14:17; 15:26
- Gn 1:2; 2 Ti 3:16; 2 P 1:21
- Lc 12:12; Jn 14:16, 17, 26; 1 Co 2:10–14; He 9:8
- Jl 2:28–32; Hch 1:5; 2:1–4; Lc 24:49; Hch 2:41; 8:14–17; 10:44–47; 19:5–7; 1 Co 12:12–15
- Hch 2:38, 39; 1 Co 12:12–15
- Jn 14:16, 17; 16:13, 14
- Jn 16:8–11
- Jn 3:5; Ro 8:9–11
- Ef 4:30
- Ro 8:9–11
- Jn 16:13
- Ef 5:16–25
- 1 Co 12:7, 11; Ef 4:11–13
- Ef 5:18–21; Gá 5:22, 23; Hch 1:8
El hombre
Por un acto especial, el hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza, y de ahí deriva su valor y dignidad.1 Su cuerpo fue hecho del polvo de la tierra y al mismo polvo volverá.2 Su espíritu procede de Dios y a Él regresará.3 El Creador ha ordenado al hombre dominar, desarrollar y cuidar la obra creada.4 Fue creado para la glorificación de Dios.5 Su propósito es amar, conocer y estar en comunión con su Creador, así como cumplir su voluntad divina.6 Siendo personal y espiritual, el hombre tiene la capacidad de percibir, conocer y comprender, aunque sea en parte, intelectual y experimentalmente, la verdad revelada, y de tomar sus decisiones en materia religiosa sin mediaciones, interferencias ni imposición de ningún poder humano, ya sea civil o religioso.7
- Gn 1:26–31; 18:22; 9:6; Sal 8:1–9; Mt 16:26
- Gn 2:7; 3:19; Ec 3:20; 12:7
- Ec 12:7; Dn 12:2, 3
- Gn 1:21; 2:1; Sal 8:3–8
- Hch 17:26–29; 1 Jn 1:3, 6, 9
- Jer 9:23, 24; Mi 6:8; Mt 6:33; Jn 14:23; Ro 8:38, 39
- Jn 1:4–13; 17:3; Ec 5:14, 17; 1 Ti 2:5; Job 19:25, 26; Jer 31:3; Hch 5:29; Ez 18:20; Dn 12:2; Mt 25:32, 46; Jn 5:29; 1 Co 15; 1 Ts 4:16, 17; Ap 20:11–15
El pecado
En el principio, el hombre vivía en un estado de inocencia y mantenía perfecta comunión con Dios.1 Pero, cediendo a la tentación de Satanás, en un acto libre de desobediencia contra su Creador, el hombre cayó en pecado, y así perdió la comunión con Dios y quedó separado de Él.2 Como resultado de la caída de nuestros primeros padres, todos somos, por naturaleza, pecadores e inclinados a hacer el mal.3 Todo pecado se comete contra Dios, contra su persona, su voluntad y su ley.4 Pero el mal cometido por el hombre alcanza también al prójimo.5 El mayor pecado consiste en no creer en la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios, como Salvador personal.6 Como resultado del pecado del hombre, de su incredulidad y su desobediencia contra Dios, está sujeto a la muerte y a la condenación eterna, además de convertirse en enemigo de los demás y de la propia creación de Dios.7 Separado de Dios, el hombre es absolutamente incapaz de salvarse a sí mismo y, por lo tanto, depende de la gracia de Dios para ser salvo.8
- Gn 2:15–17; 3:8–10; Ec 7:29
- Gn 3; Ro 5:12–19; Ef 2:12; Ro 3:23
- Gn 3:12; Ro 5:12; Sal 51:5; Is 53:6; Jer 17:5; Ro 1:18–27; 3:10–19; 7:14–25; Gá 3:22; Ef 2:1–3
- Sal 51:4; Mt 6:14; Ro 8:7–22
- Mt 6:14, 15; 18:21–35; 1 Co 8:12; Stg 5:16
- Jn 3:36; 16:9; 1 Jn 5:10–12
- Ro 5:12–19; 6:23; Ef 2:5; Gn 3:18; Ro 8:22
- Ro 3:20; Gá 3:10, 11; Ef 2:8, 9
La salvación
La salvación es concedida por Dios por su gracia, mediante el arrepentimiento del pecador y la fe en Jesucristo como único Salvador y Señor.1 El precio de la eterna redención del creyente fue pagado una sola vez por Jesucristo, mediante el derramamiento de su sangre en la cruz.2 La salvación es individual y significa la redención del hombre en la totalidad de su ser.3 Es un don gratuito que Dios ofrece a todos los hombres, y que incluye la regeneración, la justificación, la santificación y la glorificación.4
- Sal 37:39; Is 55:5; Sof 3:17; Tit 2:9–11; Ef 2:8, 9; Hch 15:11; 4:12
- Is 53:4–6; 1 P 1:18–25; 1 Co 6:20; Ef 1:7; Ap 5:7–10
- Mt 16:24; Ro 10:13; 1 Ts 5:23, 24; Ro 5:10
- Ro 6:23; He 2:1–4; Jn 3:14; 1 Co 1:30; Hch 11:18
La regeneración
La regeneración es el acto inicial de la salvación, en el que Dios hace nacer de nuevo al pecador perdido y lo convierte en una nueva criatura en Cristo. Es obra del Espíritu Santo, en la que el pecador recibe el perdón, la justificación, la adopción como hijo de Dios, la vida eterna y el don del Espíritu Santo. En este acto, el nuevo creyente es bautizado en el Espíritu Santo, sellado por Él para el día de la redención final y liberado del castigo eterno de sus pecados.1 Hay dos condiciones para que el pecador sea regenerado: el arrepentimiento y la fe. El arrepentimiento implica un cambio radical en el hombre interior, por el cual se aparta del pecado y se vuelve a Dios. La fe es la confianza y la aceptación de Jesucristo como Salvador, y la entrega total del pecador a Él.2 En esta experiencia de conversión, el hombre perdido es reconciliado con Dios, quien le concede el perdón, la justicia y la paz.3
- Dt 30:6; Ez 36:26; Jn 3:3–5; 1 P 1:3; 2 Co 5:17; Ef 4:20–24
- Tit 3:5; Ro 8:2; Jn 1:11–13; Ef 4:32; Hch 11:17
- 2 Co 1:21, 22; Ef 4:30; Ro 8:1; 6:22
La justificación
La justificación, que ocurre al mismo tiempo que la regeneración, es el acto por el cual Dios, considerando los méritos del sacrificio de Cristo, absuelve al hombre de sus pecados por medio del perdón y lo declara justo, capacitándolo para una vida de justicia ante Dios y ante los hombres.1 Esta gracia se concede no a causa de obras meritorias realizadas por el hombre, sino por medio de su fe en Cristo.2
- Is 53:11; Ro 8:33; 3:24
- Ro 5:1; Hch 13:39; Mt 9:6; 2 Co 5:21; 1 Co 1:30
- Gá 5:22; Fil 1:9–11
La santificación
La santificación es el proceso que, a partir de la regeneración, lleva al hombre a la realización de los propósitos de Dios para su vida y le permite progresar en la búsqueda de la perfección moral y espiritual de Jesucristo, mediante la presencia y el poder del Espíritu Santo que habita en él.1 Ocurre en la medida de la dedicación del creyente y se manifiesta en un carácter marcado por la presencia y el fruto del Espíritu, así como en una vida de testimonio fiel y de servicio consagrado a Dios y a los demás.2
- Jn 17:17; 1 Ts 4:3; 5:23; 4:7
- Pr 4:18; Ro 12:1, 2; Fil 2:12, 13; 2 Co 7:1; 3:18; He 12:14; Ro 6:19
La glorificación
La glorificación es la culminación de la obra de la salvación.1 Es el estado final y permanente de felicidad de aquellos que son redimidos por la sangre de Cristo.2
- Ro 8:30; 2 P 1:10, 11; 1 Jn 3:2; Fil 3:12; He 6:11
- 1 Co 13:12; 1 Ts 2:12; Ap 21:3, 4
La elección
La elección es la elección hecha por Dios, en Cristo, desde la eternidad, de las personas para la vida eterna, no por ningún mérito, sino según las riquezas de su gracia.1 Antes de la creación del mundo, Dios, en el ejercicio de su divina soberanía y a la luz de su presciencia de todas las cosas, eligió, llamó, predestinó, justificó y glorificó a quienes, con el transcurso del tiempo, aceptarían libremente el don de la salvación.2 Aunque basada en la soberanía de Dios, esta elección está en perfecta consonancia con el libre albedrío de todos y cada uno de los hombres.3 La salvación del creyente es eterna. Los salvos perseveran en Cristo y son guardados por el poder de Dios.4 Ninguna fuerza o circunstancia tiene el poder de separar al creyente del amor de Dios en Cristo Jesús.5 El nuevo nacimiento, el perdón, la justificación, la adopción como hijos de Dios, la elección y el don del Espíritu Santo aseguran que los salvos permanezcan en la gracia de la salvación.6
- Gn 12:1–3; Éx 19:5, 6; Ez 36:22, 23, 32; 1 P 1:2; Ro 9:22–24; 1 Ts 1:4
- Ro 8:28–30; Ef 1:3–14; 2 Ts 2:13, 14
- Dt 30:15–20; Jn 15:16; Ro 8:35–39; 1 P 5:10
- Jn 3:16, 36; Jn 10:28, 29; 1 Jn 2:19
- Mt 24:13; Ro 8:35–39
- Jn 10:28; Ro 8:35–39; Jud 24
El reino de Dios
El reino de Dios es el dominio soberano y universal de Dios, y es eterno.1 También es el dominio de Dios en el corazón de los hombres que voluntariamente se someten a Él por la fe, aceptándolo como Señor y Rey; este reino opera en el mundo y se manifiesta a través del testimonio de sus súbditos.2 La consumación del reino ocurrirá con el regreso de Jesucristo, en una fecha que solo Dios conoce, cuando el mal será completamente vencido y surgirán el cielo nuevo y la tierra nueva para la morada eterna de los redimidos con Dios.3
- Dn 2:37–44; Is 9:6, 7
- Mt 4:17; Lc 17:20; 4:43; Jn 18:36; 3:3–5
- Mt 25:31–46; 1 Co 15:24; Ap 11:15
La iglesia
La iglesia es una congregación local de personas regeneradas, bautizadas después de una profesión de fe. Es en este sentido que la palabra “iglesia” se usa la mayor parte de las veces en los libros del Nuevo Testamento.1 Estas congregaciones se forman por la libre voluntad de estas personas con el propósito de adorar a Dios, observar las ordenanzas de Jesús, meditar en las enseñanzas de la Biblia para la edificación mutua y propagar el evangelio.2 Las iglesias del Nuevo Testamento son autónomas, tienen un gobierno democrático, practican la disciplina y se rigen en todos los asuntos espirituales y doctrinales exclusivamente por la Palabra de Dios, bajo la guía del Espíritu Santo.3 Según las Escrituras, hay dos tipos de oficiales en las iglesias: pastores y diáconos. Las iglesias deben relacionarse con otras iglesias de la misma fe y orden, y cooperar voluntariamente en las actividades del reino de Dios. Las relaciones con otras entidades, sean eclesiásticas o no, no deben implicar una violación de la conciencia ni un compromiso de la lealtad a Cristo y a su Palabra. Cada iglesia es un templo del Espíritu Santo.4 La palabra “iglesia” tiene también otro significado en el Nuevo Testamento: la reunión universal de los redimidos de todos los tiempos, establecida por Jesucristo y edificada sobre Él, que constituye el cuerpo espiritual del Señor, del cual Él mismo es la cabeza. Su unidad es de naturaleza espiritual y se expresa en el amor fraternal, la armonía y la cooperación voluntaria en la realización de los propósitos comunes del reino de Dios.5
- Mt 18:17; Hch 5:11; 20:17–28; 1 Co 4:17
- Hch 2:41, 42
- Mt 18:15–17
- Hch 20:17, 28; Tit 1:5–9; 1 Ti 3:1–13
- Mt 16:18; Col 1:18; He 12:22–24; Ef 1:22, 23
El bautismo y la Cena del Señor
El bautismo y la Cena del Señor son las dos ordenanzas de la iglesia establecidas por el mismo Jesucristo, ambas de naturaleza simbólica.1 El bautismo consiste en la inmersión del creyente en agua, después de su profesión pública de fe en Jesucristo como único y suficiente Salvador personal.2 Simboliza la muerte y sepultura del viejo hombre y la resurrección a una nueva vida, en identificación con la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesucristo, y también anticipa la resurrección de los redimidos.3 El bautismo, que es condición para ser miembro de una iglesia, debe ser administrado invocando el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.4 La Cena del Señor es una ceremonia de la iglesia reunida que conmemora y proclama la muerte del Señor Jesucristo, simbolizada por los elementos utilizados: el pan y el vino.5 En este memorial, el pan representa su cuerpo entregado por nosotros en el Calvario, y el vino simboliza su sangre derramada.6 La Cena del Señor debe ser celebrada por las iglesias hasta el regreso de Cristo, y su celebración presupone el bautismo bíblico y un cuidadoso examen personal de los participantes.7
- Mt 3:5, 6, 13–17; Jn 3:22, 23; 4:1, 2; 1 Co 11:20, 23–30
- Hch 2:41, 42; 8:12, 36–39; 10:47, 48
- Ro 6:3–5; Gá 3:27; Col 2:12
- Mt 28:19; Hch 2:38, 41, 42; 10:48
- Mt 26:26–29; 1 Co 10:16, 17–21; 11:23–29
- Mt 26:26–29; 1 Co 10:16, 17–21; 11:23–29
- Mt 26:29; 1 Co 11:26–28; Hch 2:42; 20:4–8
El ministerio de la Palabra
Todos los creyentes han sido llamados por Dios a la salvación, al servicio cristiano, a dar testimonio de Jesucristo y a promover su reino, en la medida de los talentos y dones concedidos por el Espíritu Santo.1 Sin embargo, Dios elige, llama y separa a ciertos hombres de manera especial para el servicio distinto, definido y singular del ministerio de su Palabra.2 El predicador de la Palabra es un portavoz de Dios entre los hombres.3 Tiene una misión similar a la que desempeñaron los profetas del Antiguo Testamento y los apóstoles del Nuevo Testamento, con el mismo Jesús como ejemplo y modelo supremo.4 La obra del portavoz de Dios tiene un doble propósito: proclamar la buena noticia a los perdidos y pastorear a los salvos.5 Cuando un hombre convertido da evidencia de haber sido llamado y separado por Dios para este ministerio, y tiene las calificaciones que las Escrituras establecen para ejercerlo, es responsabilidad de la iglesia local apartarlo formal y públicamente, en reconocimiento de la vocación divina ya existente y comprobada en su experiencia cristiana.6 Este acto solemne de consagración se consuma cuando los miembros de un presbiterio o consejo de pastores, convocados por la iglesia, imponen las manos sobre la persona llamada.7 El ministro de la Palabra debe dedicarse por completo a la obra a la que fue llamado, dependiendo en todo de Dios mismo.8 El predicador del evangelio debe vivir del evangelio.9 Las iglesias tienen la responsabilidad de cuidar y sostener a sus pastores de manera adecuada y digna.10
- Mt 28:19, 20; Hch 1:8; Ro 1:6, 7; 8:28–30; Ef 4:1, 4; 2 Ti 1:9; He 9:15; 1 P 1:15; Ap 17:14
- Mt 28:19, 20; Hch 1:8; Ro 1:6, 7; 8:28–30; Ef 4:1, 4; 2 Ti 1:9; He 9:15; 1 P 1:15; Ap 17:14
- Éx 4:11, 12; Is 6:5–9; Jer 1:5–10; Hch 20:24–28
- Hch 26:19, 20; Jn 13:12–15; Ef 4:11–17
- Mt 28:19, 20; Jn 21:15–17; Hch 20:24–28; 1 Co 1:21; Ef 4:12–16
- Mt 28:19, 20; Jn 21:15–17; Hch 20:24–28; 1 Co 1:21; Ef 4:12–16
- Hch 13:1–3; 1 Ti 3:1–7
- Hch 13:3; 1 Ti 4:14
- Mt 10:9, 10; Lc 10:7; 1 Co 9:13, 14; 1 Ti 5:17, 18
- Mt 10:9, 10; Lc 10:7; 1 Co 9:13, 14; 1 Ti 5:17, 18
La mayordomía
La mayordomía es la doctrina bíblica que reconoce a Dios como Creador, Señor y Dueño de todas las cosas.1 Todas las bendiciones temporales y espirituales provienen de Dios y, por lo tanto, los hombres le deben lo que son y lo que poseen, así como su sustento.2 El creyente pertenece a Dios porque Dios lo creó y lo redimió en Jesucristo.3 Al pertenecer a Dios, el creyente es mayordomo o administrador de la vida, las habilidades, el tiempo, las posesiones, las influencias, las oportunidades, los recursos naturales y todo lo que Dios le encomienda en su infinito amor, providencia y sabiduría.4 Es deber del creyente vivir y comunicar al mundo el evangelio que recibió de Dios.5 Las Sagradas Escrituras enseñan que el plan específico de Dios para el sostén financiero de su causa consiste en la entrega de diezmos y ofrendas por parte de los creyentes.6 Estos deben dar su aporte sistemático y proporcional a la iglesia con alegría y libertad, para sostener el ministerio, las obras de evangelización, la ayuda a los necesitados y otras obras.7
- Gn 1:1; 14:17–20; Sal 24:1; Ec 11:9; 1 Co 10:26
- Gn 14:20; Dt 8:18; 1 Cr 29:14–16; Stg 1:17; 2 Co 8:5
- Gn 1:27; Hch 17:28; 1 Co 6:19, 20; Stg 1:21; 1 P 1:18–21
- Mt 25:14–30, 31–46
- Ro 1:14; 1 Co 9:16; Fil 2:16
- Gn 14:20; Lv 27:30; Pr 3:9, 10; Mal 3:8–12; Mt 23:23
- Hch 11:27–30; 1 Co 8:1–3; 2 Co 8:1–15; Fil 4:10–18
La libertad religiosa
Dios, y solo Dios, es el Señor de la conciencia.1 La libertad religiosa es uno de los derechos fundamentales del hombre, propio de su naturaleza moral y espiritual.2 Por esta naturaleza, ningún poder humano debe interferir con la libertad religiosa.3 Cada persona tiene derecho a adorar a Dios según los dictados de su conciencia, libre de coerción de cualquier tipo.4 La iglesia y el Estado deben estar separados, porque son diferentes en su naturaleza, objetivos y funciones.5 Es deber del Estado garantizar el pleno goce y ejercicio de la libertad religiosa, sin favorecer a ningún grupo o credo.6 El Estado debe ser laico y la iglesia, libre. Reconociendo que el gobierno del Estado está ordenado por Dios para el bienestar de los ciudadanos y el justo orden de la sociedad, es deber de los creyentes orar por las autoridades, así como respetar y obedecer las leyes y honrar a las autoridades establecidas, excepto en aquello que se oponga a la voluntad y la ley de Dios.7
- Gn 1:27; 2:7; Sal 9:7–8; Mt 10:28; 23:10; Ro 14:4; 9:13; Stg 4:12
- Jos 24:15; 1 P 2:15, 16; Lc 20:25
- Dn 3:15–18; Lc 20:25; Hch 4:9–20; 5:29
- Dn 3:16–18; 6; Hch 19:35–41
- Mt 22:21; Ro 13:1–7
- Hch 19:34–41
- Dn 3:16–18; 6:7–10; Mt 17:27; Hch 4:18–20; 5:29; Ro 13:1–7; 1 Ti 2:1–3
El orden social
Como sal de la tierra y luz del mundo, el cristiano tiene el deber de participar en todo esfuerzo que tienda al bien común de la sociedad en que vive.1 Sin embargo, el mayor beneficio que puede ofrecer es anunciar el mensaje del evangelio. El bienestar social y el establecimiento de la justicia entre los hombres dependen básicamente de la regeneración de cada persona y de la práctica de los principios del evangelio en la vida individual y colectiva.2 Aun así, como cristianos, debemos tender una mano a los huérfanos, a las viudas, a los ancianos, a los enfermos y a otros necesitados, así como a todos los que son víctimas de cualquier injusticia y opresión.3 Lo haremos con espíritu de amor, sin recurrir nunca a la violencia ni a medios que no estén de acuerdo con los principios de vida establecidos en el Nuevo Testamento.4
- Mt 5:13–16; Jn 12:35–36; Fil 2:15
- Mt 6:33; Mr 6:37; Lc 10:29–37
- Éx 22:21, 22; Sal 82:3, 4; Ec 11:1, 2
- Is 1:16–20; Mi 6:8; Mt 5:9
La familia y el matrimonio
La familia, creada por Dios para el bien del ser humano, es la primera institución de la sociedad, y su base es el matrimonio, que es la unión entre un hombre y una mujer, de naturaleza heterosexual, monógama e indisoluble. El propósito inmediato de la familia y del matrimonio es glorificar a Dios y satisfacer las necesidades humanas de comunión, educación, compañerismo, seguridad, realización personal, preservación de la especie y desarrollo pleno de la persona en todas sus dimensiones, especialmente de los niños y de los ancianos. La vida sexual dentro del matrimonio es un regalo de Dios, pero fuera del matrimonio es un pecado contra Dios. Los conflictos en la familia y en el matrimonio, algunos de naturaleza irreconciliable, se apartan del plan original de Dios y provienen de la dureza del corazón humano. Según la Biblia, los hijos, desde el momento de la concepción, son bendición y herencia del Señor. El hogar cristiano debe ser un ambiente fértil para la formación integral de la persona a la luz de los valores cristianos, con los padres como modelos de vida, integridad y servicio a Dios y a la iglesia. Corresponde a los padres apoyar la formación educativa y espiritual de sus hijos.
- Gn 1:26–28; 2:18–25; Jos 24:14, 15; 1 R 2:1–4; Mt 19:3–12; Ro 7:1–3; 1 Co 7:10–17
- Gn 1:28; Sal 127:1–5; 128:1–6; Ec 4:9–13; Mt 19:4–6; Ef 5:22–33; 6:1–4; Col 3:18–21
- Dt 6:1–9; Sal 127:3; Hch 2:42–47; 16:31–34
La muerte
Todos los hombres están marcados por la finitud, ya que, como consecuencia del pecado, la muerte alcanza a todos.1 La Palabra de Dios asegura la continuidad de la conciencia y de la identidad personal después de la muerte, así como la necesidad de que todos los hombres acepten la gracia de Dios en Cristo mientras están en este mundo.2 Con la muerte queda definido el destino eterno de cada hombre.3 Por la fe en los méritos del sacrificio sustitutivo de Cristo en la cruz, la muerte del creyente deja de ser una tragedia, porque lo lleva a un estado de felicidad completa y constante en la presencia de Dios. Las Escrituras llaman a este estado “dormir en el Señor”.4 Los incrédulos e impenitentes entran, después de la muerte, en un estado de separación definitiva de Dios.5 En la Palabra de Dios encontramos claramente expresada la prohibición divina de buscar contacto con los muertos, así como la negación de la eficacia de los actos religiosos en favor de quienes ya han fallecido.6
- Ro 5:12; 1 Co 15:21–26; He 9:27; Stg 4:14
- Lc 16:19–31; He 9:27
- Lc 16:19–31; 23:39–46; He 9:27
- Ro 5:6–11; 14:7–9; 1 Co 15:18–20; 2 Co 5:14, 15; Fil 1:21–23; 1 Ts 4:13–17; 2 Ti 2:11
- Lc 16:19–31; Jn 5:28, 29
- Éx 22:18; Lv 19:31; 20:6, 27; Dt 18:10; 1 Cr 10:13; Is 8:19; Jn 3:18
Los justos y los malvados
Dios, en el ejercicio de su sabiduría, está conduciendo al mundo y a la historia a su fin.1 En cumplimiento de su promesa, Jesucristo regresará a este mundo, personal y visiblemente, con gran poder y gloria.2 Los muertos en Cristo serán resucitados, arrebatados y unidos al Señor.3 Los muertos sin Cristo también resucitarán.4 Aunque los creyentes ya están justificados por la fe, todos los hombres comparecerán ante el tribunal de Jesucristo para ser juzgados, cada uno según sus obras, porque a través de ellas se manifiestan los frutos de la fe o los de la incredulidad.5 Los malvados, condenados y destinados al infierno, sufrirán allí el castigo eterno, separados de Dios.6 Los justos, con cuerpos glorificados, recibirán sus recompensas y habitarán para siempre en el cielo con el Señor.7
- Mt 13:39, 40; 28:20; Hch 3:21; 1 Co 15:24–28; Ef 1:10
- Mt 16:27; Mr 8:38; Lc 17:24; 21:27; Hch 1:11; 1 Ts 4:16; 1 Ti 6:14, 15; 2 Ti 4:1, 8
- Dn 12:2, 3; Jn 5:28, 29; Ro 8:23; 1 Co 15:12–58; Fil 3:20; Col 3:4
- Dn 12:2; Jn 5:28, 29; Hch 24:15; 1 Co 15:12–24
- Mt 13:49, 50; Hch 10:42; 1 Co 4:5; 2 Co 5:10; 2 Ti 4:1; He 9:27; 2 P 2:9
- Dn 12:2, 3; Mt 16:27; Mr 9:43–48; Lc 16:26–31; Jn 5:28, 29; Ro 6:22, 23
- Dn 12:2, 3; Mt 16:27; 25:31–40; Lc 14:14; 16:22, 23; Jn 5:28, 29; 14:1–3; Ro 6:22, 23; 1 Co 15:42–44; Ap 22:11, 12